EN BUSCA DE JESÚS

PARA CONOCER A JESÚS Y ENTRAR EN INTIMIDAD CON ÉL Y CON SU MENSAJE DE SALVACIÓN

PALABRAS DE JESÚS RESUCITADO

27

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.  Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.  Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes!”. (Juan 20, 19-21)

La paz es el gran regalo de Jesús resucitado a sus discípulos. Los de aquel tiempo: Pedro, Santiago, Juan, Mateo, Tomás, Bartolomé, Felipe, María Magdalena, Marta y María de Betania…  Y los de ahora: Clara, Juanita, Sofía, Carlos, Sebastián, Margarita, Julio, Ricardo…

Un regalo que tenemos que saber recibir y acoger. Un regalo que tenemos que cuidar, porque lo podemos perder, en las vueltas del camino, si olvidamos hacia dónde nos dirigimos, a quién buscamos, cuál es nuestro propósito. 

Jesús resucitado nos da la paz con generosidad, porque está convencido de que somos capaces de recibirla, de conservarla y de hacerla fructificar, comunicándola al mundo en que vivimos, y a las personas que comparten su vida con nosotros.

Pero la paz de Jesús no es una simple ausencia de guerra, como a veces imaginamos. La paz de Jesús no es sólo callar las armas, impedir que las balas arrebaten la vida a alguien. Eso viene después, como consecuencia, como resultado.

La paz de Jesús es mucho más profunda y personal.  Es la paz del corazón. La paz de Jesús es la armonía de los hombres consigo mismos, que es la paz original; la primera, la que está en la base, la fundamental. La paz de Jesús es el reinado del bien y la verdad, de la justicia y la libertad, del perdón y la reconciliación, en el corazón del ser humano.

De esta paz primera y básica, brota la otra paz; la paz social, la paz de unos seres humanos con otros, y con el cosmos; la paz de los pactos y las alianzas, el silencio de los fusiles, el ejercicio sano y justo del poder, la posibilidad de actuar con libertad en el ejercicio pleno de los derechos.

Oramos mucho por la paz de nuestro país y del mundo, pero muy poco por la paz de los corazones, donde se gestan las acciones pacíficas y las acciones violentas; donde nacen la justicia, el respeto  y el amor, y también la injusticia, el odio, el rencor, la deshonestidad.    

Lo primero es lo primero. De lo contrario, cualquier cosa que hagamos en favor de la paz, por grande y hermosa que parezca, se desmoronará como se desmoronan los castillos de arena en la playa, cerca al mar.

Abramos nuestro corazón al Resucitado, y dejémonos llenar de su paz, de su amor, de su bondad. Caminemos con él. Escuchemos su voz. Fortalezcámonos interiormente con su Palabra de Vida. Acojamos su Espíritu que nos guía hacia la verdad plena. Entonces nos iremos haciendo poco a poco, instrumentos de su paz, constructores de paz, en medio de nuestra familia, en el entorno social en el que nos desenvolvemos, en el mundo en que vivimos.   

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“Ese día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús… Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!… “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel… Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.”  (Lucas 24, 13-27)

La muerte de Jesús en la cruz fue una sorpresa para sus discípulos. Esperaban otra cosa de él. Deseaban que fuera el Mesías político que necesitaban y que cumpliera su sueño de liberar a Israel del poder de los romanos, que los sometía y humillaba.

Lo mismo nos ocurre hoy a nosotros, aunque no estemos dispuestos a reconocerlo. Nos hemos hecho un Dios a nuestra medida; un Dios conforme a nuestros deseos y necesidades, a nuestros anhelos y proyectos, y por esta razón no tenemos ojos para descubrir su presencia permanente a nuestro lado, viviendo con nosotros, compartiendo nuestros sufrimientos y nuestras alegrías, nuestros triunfos y nuestras derrotas, amándonos y actuando en nuestro favor, de manera silenciosa pero siempre eficaz.

Nuestra fe, como la fe de los discípulos de Emaús, es demasiado pequeña y no nos atrevemos a creer de verdad; a creer sin exigir pruebas, sin pedir manifestaciones extraordinarias de poder y de fuerza, sin buscar milagros que atraigan nuestra atención y motiven nuestra admiración.

La resurrección de Jesús es un llamado urgente que nos hace Dios, para que nos arriesguemos a confiar en él y en su amor salvador, de una vez por todas. Un llamado, una invitación, a dejar a un lado nuestros razonamientos y nuestros prejuicios, y a poner nuestro ser y nuestra vida en sus manos, seguros de su bondad y de su misericordia.

“Dios escribe derecho, en renglones torcidos”, dice un refrán popular. “Dios sabe sacar bienes de los males”, afirma otro. Por eso tenemos que estar absolutamente convencidos de que, pase lo que pase, Jesús nunca nos defraudará. Su amor es más fuerte que la muerte; su gracia lo puede todo, cuando somos sensibles a ella y nos entregamos de corazón. Con él presente y actuante en nuestro corazón y en nuestra vida, somos capaces de superar todos los obstáculos, de saltar todas las barreras, de desterrar de una vez por todas, la duda y el miedo que nos impiden mirar adelante y avanzar en nuestro camino, con la certeza de que su amor providente nos acompaña y nos sostiene.

Jesús resucitado es la manifestación más clara y contundente de que Dios puede realizar en nosotros, con nosotros, por nosotros y para nosotros, cosas maravillosas, inusitadas, absolutamente sorprendentes. Lo único que nos pide es que nos entreguemos a él con verdadera confianza, que pongamos en sus manos todo lo que somos y lo que tenemos.

La muerte de Jesús no fue un fracaso, y su resurrección lo confirma; así lo entendieron los discípulos de Emaús cuando abrieron su corazón y descubrieron quién era realmente el caminante que se había unido a ellos; y así tenemos que entenderlo nosotros, 2.000 años después, cuando nos encontramos con él, vivo y presente en la Eucaristía, en la que se hace Pan para ser partido y comido en comunidad.

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“Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” (Juan 10, 7-10)

“Vida en abundancia”; eso es lo que nos da Jesús Resucitado, lo que nos comunica cuando lo buscamos con entusiasmo y alegría; cuando nos acercamos a él con la mejor disposición, para escucharlo, para acogernos a su amor siempre presente, para aprender de él la bondad, la justicia, la misericordia, la fraternidad, el servicio.

Jesús Resucitado nos comunica una Vida nueva; una Vida distinta, especial; una Vida muy superior a la mera vida biológica, que nos permite respirar, comer, dormir, trabajar, multiplicarnos. Jesús resucitado nos comunica una vida que es su misma Vida, absolutamente renovada por Dios en la resurrección; una Vida eterna, que empezamos a vivir aquí, en este mundo, y que no tendrá fin, aunque un día, irremediablemente, tengamos que morir.

“Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia”. Jesús nos comunica su Vida, nos da su Vida, a manos llenas, sintacañería, porque es infinitamente generoso; porque quiere que seamos felices como él es feliz; porque desea compartir con nosotros todo lo que él es y todo lo que él tiene; porque anhela que podamos sentirnos de verdad, hijos e hijas de Dios y hermanos entre nosotros, libres de todo lo que nos esclaviza, de todo lo que nos daña. Jesús nos comunica su Vida, porque busca que seamos hombres y mujeres en plenitud, como quiere Dios Padre que seamos, desde el principio de los tiempos, cuando nos creó.

Jesús Resucitado nos comunica su Vida nueva, la que le dio el Padre cuando después de su muerte en la cruz, lo rescató del sepulcro. Pero para tener esta Vida tenemos que abrir nuestro corazón a él y a los dones que nos trae; recibirlos y acogerlos con espíritu gozoso y entusiasta; ser personas disponibles para Dios, y muy generosas, como Jesús mismo lo fue.

Vivir la nueva Vida que Jesús Resucitado nos comunica, es:

  • Mantenernos en la conciencia de que Dios es el dueño de nuestro ser, y que todo lo que pensamos, decimos y  hacemos debe conducirnos a Él, unirnos a Él, con lazos indisolubles;

  • Sentirnos amados por Dios con un amor imposible de medir y también de olvidar; y actuar siempre y en todo, conforme a este amor, que es el más maravilloso que podemos recibir;

  • Ser verdaderos y justos en todo lo que hacemos y decimos;

  • Actuar siempre con libertad, siguiendo sus enseñanzas y su ejemplo.

Vivir la nueva Vida que Jesús Resucitado nos comunica, es:

  • Sentirnos hijos muy amados de Dios y hermanos de todos los hombres y mujeres del mundo, y actuar como tales, haciendo realidad la filiación, la fraternidad, la solidaridad, el compartir, la misericordia y la compasión, en nuestros pensamientos, palabras y acciones de cada día.

Vivir la nueva Vida que Jesús Resucitado nos comunica, es:

  • Ser profetas de la humildad y del servicio, del amor y la paz, de la fe y la esperanza, en un mundo en el que también se hace presente el mal, que busca a toda costa, conducirnos por caminos de muerte.

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“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Juan 14, 1-3)

La fe en Jesús trae consigo una promesa, que muchas veces pasamos por alto: la Vida eterna y feliz a su lado.

Creemos en el presente, pero la fe nos proyecta al futuro, a la eternidad sin fin, en la que Dios será “todo en todos”. Sin embargo, y aunque parezca raro decirlo, pensamos poco en ello. ¿Por qué?…

Tal vez sea porque nos atrae más esta vida y lo que ella es; lo que nos permite ver y tocar; lo que nos permite ser, hacer y tener. Entonces se podría decir que nuestra fe no es tan verdadera, ni tan firme, ni tan grande y profunda como aseguramos que es. ¡No nos alcanza para ir más allá del aquí y el ahora!

Creemos sin creer. Porque la verdadera fe no tiene límites ni pone condiciones. La verdadera fe es confianza total y absoluta en Dios, y en lo que Él nos promete; en lo que tiene preparado para nosotros, después de nuestra muerte física, aunque nadie nos lo pueda mostrar ni demostrar.

Las palabras de Jesús son palabras de Dios; el testimonio de Jesús es testimonio de Dios; las promesas de Jesús son promesas de Dios, y sabemos que Dios quiere siempre lo mejor para nosotros, porque somos sus hijos e hijas muy queridos.

Jesús dirigió las palabras que leímos al comienzo, a sus discípulos, poco antes de su muerte, en su Cena de despedida, y las confirmó después de su resurrección, apareciendo ante ellos de improviso, para mostrarles que a pesar de todo lo que había tenido que padecer, estaba de nuevo vivo.

La resurrección de Jesús de entre los muertos, es garantía de nuestra propia resurrección. Moriremos como él murió, pero seremos resucitados y podremos compartir su gloria, su felicidad, como él comparte ahora la gloria de su Padre.

No es un mito. Es una realidad. Tenemos que aceptarlo. Tenemos que pensar en ello sin miedo, con alegría, con entusiasmo, con esperanza. Tenemos que sentirlo en el corazón y vivirlo en nuestra vida de cada día.

Dios cumple todas sus promesas. Un día, no sabemos cuando, sucederá para cada uno de nosotros, lo que sucedió con Jesús. Un día, no sabemos cuándo, volverá a suceder de manera definitiva, lo que sucedió aquella tarde en Jerusalén:  el bien derrotará al mal de una vez por todas, la vida se impondrá sobre la muerte, el amor superará al odio, y habrá “un nuevo cielo y una nueva tierra”, como anuncia el libro del Apocalipsis.

Mientras tanto, vivimos en la esperanza. Creemos… Amamos… Actuamos… Oramos… Y esperamos…  Unidos a María, que también creyó, amó, actuó, oró y esperó…  Unidos a la comunidad de los creyentes, esparcida por el mundo… Anunciando con nuestras palabras y nuestras obras, que Jesús está vivo, y que un día – cercano o lejano, no lo sabemos -, viviremos con él, porque así nos lo prometió.

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Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.” (Juan 15, 9-11)

El amor es, sin duda, el centro de la vida de Jesús; la fuerza que lo mueve; la pasión que lo motiva; el aliento que lo sostiene; el gozo alegre que llena su ser y su vida.

  • Amor a Dios, su Padre, de quien procede, en quien se reconoce como Hijo, y a quien busca con todo su corazón de hombre verdadero.

  • Amor a los hombres y mujeres contemporáneos suyos, con quienes comparte – como hermano – lo que es y lo que tiene, y a quienes entrega lo mejor de sí mismo, en el servicio sincero y humilde.

  • Y amor a todos los hombres y mujeres de antes, de ahora, de mañana y de siempre, presentes en su corazón y en su mente divinos, y a quienes como Dios verdadero, libera y salva de la esclavitud del mal y de la muerte.   

Jesús vive por el amor y para el amor, y su deseo más grande es enseñarnos a amar como él mismo ama; con un amor que es mucho más que un mero sentimiento; con un amor que va mucho más allá de las simples palabras, a los hechos concretos, a los actos de amor sinceros y cotidianos.

Jesús vive por el amor y para el amor, y ese amor lo hace un hombre absolutamente libre. Un hombre liberado y liberador, en el buen sentido del término. Un hombre que con su amor hace sentir a quien ama, que es persona, y por lo tanto, libre por naturaleza. Un hombre que con su amor destruye las ataduras de la angustia y el miedo, los complejos de inferioridad, los pensamientos pesimistas, los inútiles sentimientos de culpa, las inclinaciones egoístas.

Jesús vive por el amor y para el amor, y por eso sabe amar sin poner condiciones, sin hacer exigencias; con absoluta generosidad; con total sinceridad. Y quiere que todos nosotros aprendamos a amar de la misma manera.

Jesús vive por el amor y para el amor, y sabe que el amor es el motor de la vida. Es necesario amar para poder vivir; es necesario recibir amor para sentir que la vida tiene sentido.

Jesús es para todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, la fuente inagotable del amor puro y verdadero; del amor que llena el corazón de gozo y esperanza; del amor que no se deja vencer por las ingratitudes; del amor que es capaz de superar los obstáculos y sanar las heridas.

Jesús muerto y resucitado es para todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, motivo y fuerza, para seguir adelante, haciendo realidad el amor en nuestras vidas; para vencer nuestro egoísmo y nuestro orgullo que tantas veces nos alejan de quienes deberían estar más cerca; para amar sin condiciones ni exclusiones; para acoger en nuestro corazón a todo el que necesita ser amado.

Jesús muerto y resucitado, es para todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, el único amor que da pleno sentido hasta aquello que parece no tener sentido.

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Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 16-20)

Aunque muchas veces podemos sentirnos solos, abandonados de nuestros amigos y familiares, lejos de las personas que amamos y por las que nos hemos sacrificado; sumergidos en un mar de problemas y dificultades que  nos agobian y que no sabemos cómo enfrentar, tenemos que mantener en nuestro corazón la certeza de que Jesús está con nosotros, acompañándonos, guiándonos, fortaleciéndonos, como dijo a sus discípulos después de su resurrección.

Esa presencia activa y constante de Jesús a nuestro lado, es nuestra gran esperanza, y nos ayuda a enfrentar con valentía y dinamismo, las circunstancias adversas de la vida, que a nadie faltan. Por eso tenemos que hacernos conscientes de ella, y acogerla con corazón abierto y bien dispuesto, alegre y agradecido.

Resucitado y glorificado por el Padre, Jesús vive una doble existencia: “a la derecha de Dios”, como decimos en el Credo, resumen de nuestra fe; y a nuestro lado, en medio de los millones de hombres y mujeres que habitamos el mundo, en el corazón de todos y cada uno de quienes creemos en él. Un misterio que no comprendemos plenamente, pero que creemos con la certeza que nos da la fe, que supera infinitamente el conocimiento meramente racional.

Jesús Resucitado vive en medio de nosotros, para ayudarnos a superar nuestros pequeños y grandes sufrimientos de todos los días; para mostrarnos el camino que debemos seguir en nuestras acciones de cada día; para a enseñarnos a amar de verdad, con corazón humilde y sencillo, abierto y generoso.

Jesús Resucitado vive en medio de nosotros, para iluminarnos con la luz de su verdad; para fortalecernos en la lucha cotidiana contra el mal que nos acecha; para estimularnos en la práctica del bien.

Jesús Resucitado vive en medio de nosotros y con nosotros, para liberarnos del miedo que nos paraliza y no nos deja actuar con prontitud y alegría, como deberíamos; para guiarnos por los senderos que conducen a la paz, fundamentada en la justicia; para ayudarnos a hacer realidad en nuestra vida los deseos de Dios.

Jesús Resucitado vive entre nosotros y con nosotros, para enjugar nuestras lágrimas; para dar sentido pleno a nuestras luchas y nuestros afanes; para mostrarnos la fuerza creadora y salvadora del amor.

Tenemos que creerlo; tenemos que sentirlo; tenemos que asumirlo; tenemos que vivirlo. Con sencillez pero también con seguridad. Con alegría y entusiasmo. Con libertad y decisión.

Tenemos que creerlo y acudir a él – a Jesús – en cada circunstancia alegre o triste, seguros y confiados, aunque su primera palabra sea un silencio que nos parece incomprensible. Porque Dios habla y actúa también en el silencio y a pesar de él. Y muchas veces su silencio es más efectivo que cualquier palabra que podamos escuchar.

*******

 “Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo… “. (Juan 20, 21-22)

Espíritu Santo: aliento de Dios, soplo de Dios.

Espíritu Santo: soplo de Jesús resucitado, aliento de Amor, hálito de Vida.

Habita en cada hombre y en cada mujer, que saben acoger con corazón abierto y disponible, la presencia de Dios en su ser y en su quehacer.

Espíritu Santo: luz y fuerza, fuego y calor.

Ilumina la mente, fortalece la voluntad, purifica el corazón, comunica el calor del amor.

Todos lo recibimos en el Bautismo y en la Confirmación.

Vive en nosotros, pero no siempre lo dejamos actuar.

El Espíritu Santo enriquece nuestra existencia de una manera que no somos capaces siquiera de imaginar.

Nos enseña a poner a Dios, no en el primer lugar, sino en el centro de nuestra vida, de donde todo sale y a donde todo vuelve.

El Espíritu Santo es el espíritu de la Verdad.

Nos ayuda a “comprender” la verdad de Dios, en la medida en que los seres humanos podemos hacerlo, que es siempre limitada.

Nos comunica la fe para que podamos creer y defender lo que creemos con valentía.

Nos ayuda a derrotar nuestros miedos y a superar nuestras dudas.

Nos da la fuerza que necesitamos para hacer realidad lo que creemos, en nuestras acciones de cada día.

El Espíritu Santo es el Amor mismo de Dios, en nuestro corazón.

Nos enseña a amar de verdad; a perdonar y a pedir perdón; a buscar el bien en todo lo que pensamos, hacemos y decimos.

Nos muestra el camino por donde debemos transitar, y los recodos que debemos evitar.

Nos conduce por sendas de justicia, de libertad y de paz.

Nos hace hermanos los unos de los otros, compañeros de viaje, herederos de las promesas de Dios.

Somos discípulos de Jesús, por el don del Espíritu Santo.

Y también por él, somos sus misioneros.

Su gracia nos motiva para llevar el mensaje de Jesús a otros corazones.

Su fuerza nos capacita para no dejarnos vencer por las situaciones adversas que se nos presentan en la realización de esta tarea, y saber enfrentarlas y superarlas con dinamismo y decisión.

Espíritu Santo, soplo de Dios, aliento de Dios, hálito de Vida, Espíritu de Jesús Resucitado… ¡Enciéndenos con el fuego de tu Amor que nos hace ser lo que somos, y da a nuestra vida humana y cristiana su más pleno sentido!

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