EN BUSCA DE JESÚS

PARA CONOCER A JESÚS Y ENTRAR EN INTIMIDAD CON ÉL Y CON SU MENSAJE DE SALVACIÓN

PALABRAS DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE MARCOS

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“Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y Jesús permanecía solo en tierra.  Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo. Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló en seguida y les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”.  Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. (Marcos 6, 47-51)

Muchas veces sentimos que nuestra vida es como una barca en medio de la tempestad, sometida una y otra vez al embate del viento y de las olas, que amenazan con destruirla, en la oscuridad de la noche.

Nos llegan de todos lados problemas y dificultades que ponen en grave peligro nuestra estabilidad física y emocional, familiar y social. No sabemos qué debemos hacer, ni cómo hacerlo. Sentimos miedo y perdemos la paz del alma.

A todos nos ha pasado o nos pasará. Es algo que no podemos evitar, porque vivimos en el mundo y estamos sometidos al vaivén de los acontecimientos y las circunstancias, que no podemos controlar totalmente.

Cuando esto sucede, la única salida es sin duda, la fe. Si tenemos fe – verdadera fe – podemos escuchar en nuestro corazón, las palabras que Jesús dijo a sus discípulos, aquella noche en el mar de Galilea: “Tranquilícense, soy yo; no teman”.

Si Jesús está con nosotros, ¡y está!, aunque no lo veamos con nuestros ojos, ni podamos tocarlo con nuestras manos, nada que sea realmente malo, podrá sucedernos.

Si Jesús está con nosotros, ¡y está!, aunque no lo veamos con nuestros ojos, ni podamos tocarlo con nuestras manos, toda situación, por dolorosa que sea, contribuirá positivamente a nuestro bien.

Parece raro, pero es verdad. Recordemos lo que aprendimos cuando éramos pequeños: “Dios no puede engañarse ni engañarnos”, y ¡Jesús es Dios!

Además, podemos comprobarlo fácilmente. La resurrección de Jesús de entre los muertos, es una prueba absolutamente irrefutable: Dios puede sacar bienes de los males. La entrega generosa de Jesús en la cruz, es nuestra salvación. Su resurrección de entre los muertos, confirmó de una vez y para siempre sus palabras y sus obras de vida y esperanza.     

Siempre que estemos en una situación difícil, sea la que sea, pensemos en estas palabras de Jesús. Repitámoslas una y otra vez, en nuestra mente y llevémoslas al corazón. Pongamos en él toda nuestra fe, toda nuestra confianza. ¡No nos defraudará!

No importa que las situaciones negativas se prolonguen en el tiempo, o que ocurran nuevos sucesos desestabilizantes. Mientras mayor sea nuestro sufrimiento, más cerca estará Jesús de nosotros, más nos cuidará, porque su corazón es infinitamente compasivo y misiericordioso. Con él a nuestro lado, nada ni nadie podrá dañarnos.

¡Pero hay que tener fe!…  Y la fe es un don que se puede pedir. Dios es infinitamente generoso con sus dones. 

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No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2, 17)

Muchas veces pensamos que para acercarnos a Dios, para buscar su protección y su ayuda, para invocar su amor, tenemos que ser personas muy buenas, y por esa misma razón nos mantenemos alejados de él.

Sabemos perfectamente que somos débiles, que con más frecuencia de la que quisiéramos,  hacemos el mal en lugar del bien, y nos consideramos indignos de elevar nuestro pensamiento y nuestro corazón para alcanzarlo.

Pero estamos totalmente equivocados. Esta frase de Jesús nos lo dice con toda claridad.

Jesús vino a nuestro mundo como mensajero del amor del Padre, por y para todas las personas, incluyendo, claro está, y de un modo especial, a los pecadores que tienen conciencia de su pecado y desean cambiar de vida.

Él mismo, con su palabra bondadosa,  sus actitudes siempre acogedoras,  y sus innumerables gestos de atención y de cariño  para las personas que se le acercaban, es la garantía de que por muy grandes que sean nuestros pecados, y por muy fuerte que sea nuestra debilidad, tenemos un lugar en el crazón compasivo y misericordioso del Padre.

 Para ir a Dios no tenemos que ser primero buenos. ¡Es Dios mismo el que nos hace buenos!

 Por eso mismo no tenemos disculpa. Al contrario. Mientras más inmersos en el mal estemos, más necesitamos de Dios y de su amor, porque es el único que puede sanarnos; el único que puede restaurarnos en nuestra dignidad de hijos suyos. El único que puede darnos las fuerzas que necesitamos para ir siempre por el camino del bien.

Y no importa que volvamos a caer. Él está y estará ahí siempre, para ayudarnos a ponernos de pie y seguir adelante. ¡Las veces que sea necesario!

Su amor por nosotros no tiene límites ni descanso.

Podemos dar fe de ello.

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El que quiera seguirme, que me renuncie a sí mismo, tome su   cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Marcos 8, 34-35)

Renunciar a sí mismo” y “tomar la cruz”, dos actitudes que Jesús nos exige a quienes decimos creer en él y nos identificamos como discípulos suyos.

Dos actitudes radicales, que no admiten términos medios.

Renunciar a sí mismo”:

Abandonar la pretensión orgullosa y egoísta de sentirse una persona importante, a cuyo derredor gira todo lo demás, y también la idea de buscar a como dé lugar, vivir para satisfacer los propios deseos y caprichos.

Hacer a un lado con decisión y valentía, el deseo malsano de dedicar la vida a conseguir bienes materiales, poder y fama.

Colocar siempre en el primer lugar del corazón y de la vida a Dios, en quien todo tiene su fundamento y su valor.

Dar a los demás el lugar que les corresponde por derecho propio, como compañeros de camino.

Tomar la cruz”:

Asumir con fortaleza y dignidad las limitaciones y debilidades propias de la naturaleza humana.

Aceptarse uno mismo con lo que es y lo que tiene, lo que desea y lo que le falta.

Vivir la vida con alegría y entusiasmo, enfrentando con entereza las dificultades que se vayan presentando, y que son inevitables para cualquier ser humano.

Hacer a un lado el miedo que nos paraliza y nos hunde en el abismo de la desesperanza.

Mantener en alto la bandera de Jesús, aún en medio de las contradicciones y persecuciones que no faltarán.

Todo para alcanzar una promesa: “Salvar la vida”, alcanzar la plenitud del propio ser, que está en Dios mismo, y que vale, ¡sin duda!, todos nuestros esfuerzos y sacrificios.

Dios no defrauda a nadie. La prueba la tenemos en Jesús, que lo entregó todo, ¡hasta la vida!, en amor y fidelidad, y recibio como premio la resurrección de entre los muertos y su glorificación “a la derecha del Padre”.

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¿De qué le sirve a uno si ha ganado el mundo entero, pero se ha destruido a sí mismo? ¿Qué podría dar para rescatarse a sí mismo?” (Marcos 8, 36-37)

Ganar el mundo entero” es lo que nos propone la sociedad del éxito y la eficiencia en la que vivimos los hombres y mujeres de este tiempo.

 Llenarnos los bolsillos de dinero;  llenar la casa de objetos de todos los estilos,  útiles algunos, superfluos la gran mayoría;  llenar las paredes de la oficina de títulos y diplomas que garanticen nuestros conocimientos;  llenar nuestra agenda diaria de compromisos sociales; llenar nuestro corazón de apegos…

Conseguir dinero, poder, honores y fama.

Ganar el mundo entero”… pero, ¿a costa de qué?…

La respuesta es sencilla: A costa de sí mismo.

De la tranquilidad del alma.

De los principios y valores que nos inculcaron nuestros padres.

De la familia que es el bien más preciado que podemos poseer.

Del propio dominio.

Del descanso que todos necesitamos.

Es mejor ser pobres, pero también ser libres, como Dios nos creó.

Tener menos cosas, pero poder disfrutar de ellas.

Pasar como una persona inadvertida, pero poder vivir sin sobresaltos.

Disponer de mucho tiempo para compartir con las personas que amamos.

Y, sobre todo, lograr ser nosotros mismos,  y hacernos cada día mejores personas, en relación íntima y profunda con Dios, y en diálogo permanente y amoroso con los demás, siguiendo el ejemplo de Jesús.

No es el dinero, ni es el poder, ni es la fama, ni son los placeres pasajeros, los que nos dan la felicidad.

La verdadera felicidad sólo se alcanza cuando uno es dueño de sí mismo, y logra llevar su vida entera, sus anhelos y deseos, sus esfuerzos y sus luchas, Sus gozos y sus esperanzas, por los caminos que Jesús nos mostró, porque son caminos de libertad y de paz, que nos conducen a la vida eterna.

No hay otros caminos distintos a estos.

No hay otra manera de ser felices de verdad, que siguiendo las huellas de Jesús, para quien ni el dinero, ni el poder, ni el placer, ni la fama, representaron un valor en sí mismo, porque miraba la vida desde la óptica de Dios, y quiso vivirla a plenitud en conformidad con su Voluntad de amor y de servicio.

Todos estamos invitados a seguirlo, haciendo en nuestra vida lo que él hizo. Sólo hace falta que nos decidamos y demos el primer paso.

Jesús mismo estará con nosotros para ayudarnos.

*****

“El hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: “Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti” (Marcos 5, 18-19)

La familia es, sin duda, el lugar privilegiado donde cada uno de quienes nos llamamos seguidores de Jesús, porque creemos en él y en su palabra que da sentido y valor a nuestra vida, debe desarrollar su misión de testigo y mensajero del amor maravilloso de Dios, que Jesús vino a anunciarnos.

La familia es el lugar privilegiado donde debemos proclamarnos defensores de la vida y respetuosos  de cada persona. El lugar privilegiado donde debemos actuar siempre con honestidad y justicia. El lugar privilegiado donde debemos ejercer a plenitud nuestra capacidad de amar, de servir, de ser solidarios  y compasivos con quien sufre por cualquier causa.

La familia es el lugar privilegiado donde debemos hacer vida el Evangelio, la buena noticia de Jesús, la esperanza que su bondad y su amor nos comunican.

Lo que no somos capaces de hacer en nuestra familia, con los nuestros, tampoco podremos hacerlo fuera de ella, con los demás.

Si en nuestra familia no somos amorosos, tampoco lo seremos con aquellos a quienes llamamos amigos.

Si en nuestra familia no somos sinceros y honestos, tampoco lo seremos en nuestro lugar de trabajo.

Si en nuestra familia no somos justos y tratamos con respeto a quienes comparten su vida con nosotros, tampoco la sociedad a la que pertenecemos podrá esperar que lo seamos con ella y en ella.

Si en nuestra familia no somos respetuosos de la vida en todas sus formas y todos sus momentos, tampoco lo seremos fuera de ella, y lo demostraremos con nuestras obras.

Porque en la familia es donde aprendemos a vivir y a convivir; donde los valores comienzan a ser “valores” para nosotros. En la familia es donde nos formamos como personas, como miembros de la sociedad, y también, por supuesto, donde aprendemos a ser cristianos y católicos. En la familia es donde realmente somos como somos; donde se manifiesta claramente la verdad de nuestro ser.

“Ser luz de la calle y oscuridad de la casa”, como dice el refrán popular, es algo que está por fuera de toda lógica; un hecho absolutamente contradictorio. 

Si tu luz no sirve para iluminar a quienes tienes más cerca de tu corazón y de tu vida, es seguro que tampoco te alcanzará para iluminar a quienes sólo te miran desde lejos.  En cambio, si eres luz para los tuyos, esa luz se multiplicará con las pequeñas luces que vas encendiendo en sus propios corazones, y el bien que les haces a ellos será multiplicado.

Por eso, Jesús envió al endemoniado de Gerasa, a proclamar en su familia, entre los suyos, lo que Dios había hecho con él, al liberarlo de su grave enfermedad y todo lo bueno que de esta liberación se derivaba.  

Sin embargo, hay que estar preparados, porque pueden pasar cosas que se salgan de nuestro presupuesto y sean dolorosas para nosotros. También lo dijo Jesús: “Ningún profeta es bien recibido en su patria” (Lucas 4, 24).

Por eso tenemos que estar prevenidos y muy bien dispuestos a seguir adelante con nuestra misión, suceda lo que suceda. Aunque no veamos inmediatamente buenos resultados, es seguro que el Espíritu Santo está trabajando junto a nosotros, y su acción siempre produce frutos de salvación y de vida eterna.     

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