EN BUSCA DE JESÚS

PARA CONOCER A JESÚS Y ENTRAR EN INTIMIDAD CON ÉL Y CON SU MENSAJE DE SALVACIÓN

PALABRAS DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE JUAN

 

 

33

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo…  Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Juan 6, 51.55-56).

Eucaristía: carne y sangre de Jesús, comida y bebida de salvación y de vida eterna.

Eucaristía: presencia real, viva y eficaz, de Jesús Resucitado en medio de nosotros, con nosotros y para nosotros.

Eucaristía: Jesús que viene a nuestro corazón y a nuestra vida, nos llena de su amor, y nos fortalece para que comencemos a ser hombres y mujeres nuevos, compasivos y misericordiosos, justos y veraces, como él.

La Eucaristía es humildad de Dios, que se entrega revestido de pan y de vino, para ser comido y bebido por nosotros.

La Eucaristía es generosidad de Dios, que busca la manera de permanecer a nuestro lado para acompañarnos en el largo camino que hemos emprendido.

La Eucaristía es amor infinito de Dios, que permanece cerca de nosotros, amándonos, aunque muchas veces – tal vez la mayoría – no nos demos cuenta de ello.

La Eucaristía y la Encarnación están íntimamente relacionadas.

En la Encarnación, Dios se hace carne de nuestra carne, y se viene a vivir entre nosotros, compartiendo enteramente lo que somos, incluyendo nuestra fragilidad.

En la Eucaristía, Jesús, que es Dios-con-nosotros, se reviste de pan y de vino, para hacer permanente su presencia a nuestro lado, y para penetrar nuestra intimidad dándosenos como alimento.

La Encarnación es el comienzo de una larga historia de amor entre Dios y sus criaturas, que se prolonga en el tiempo y en el espacio por la Eucaristía, que lo hace cercano a los hombres y mujeres de todas las etapas de la historia y de todos los lugares de la tierra.

En la Eucaristía, que prolonga y actualiza su presencia, Jesús sigue amándonos, hablándonos, escuchándonos, apoyándonos, guiándonos. Es Dios, es maestro, es amigo, es hermano, es médico, es modelo, es libertador.

En la Eucaristía, que lo hace contemporáneo de todos los hombres y mujeres de la historia, Jesús sigue actuando en favor nuestro, con la misma diligencia y oportunidad que lo hacía cuando estaba en el mundo.  

Acudamos a él…

Visitémoslo en el sagrario de cuaquier iglesia…

Aceptemos su invitación y participemos de la Eucaristía con tanta frecuencia como nos sea posible…

Recibámoslo con alegría en nuestro corazón acercándonos a comulgar…

Alabémoslo por su gran bondad…

Démosle gracias por haberse quedado con nosotros de una forma tan humilde y cercana…

Abrámosle nuestro corazón…

Pongamos en sus manos todas nuestras necesidades materiales y espirituales…

Confiémosle nuestra vida entera…

Reparemos con nuestro amor y nuestra oración, las ofensas que ha recibido en este sacramento…   

 *****

 “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. (Juan 3, 16)

DIos nos ama con un amor que no tiene límites. De eso debemos estar absolutamente convencidos. Es Jesús mismo quien nos lo dice. Jesús que es su Hijo, y vino a nuestro mundo como mensajero de ese amor inigualable.

Dios nos ama con un amor absolutamente generoso, como el amor de una madre por sus hijos pequeños, a quienes protege y sostiene. Un amor que entrega todo lo que es y todo lo que tiene, sin pedir nada a cambio, porque su única misión es amar, y hacer feliz al ser amado. Dios nos ama con un amor que se da a sí mismo, sin condiciones, en donación total y sacrificio perfecto. Un amor inagotable, incondicional, inconmensurable, infinitamente compasivo y misericordioso.

¡Si nuestra una mente y nuestro corazón fueran capaces de apreciar este amor en toda su magnitud!

¡Si pudiéramos sentirlo en toda su intensidad, en lo más profundo de nuestro ser!

¡Si lográramos asumirlo en nuestra vida de cada día, y en cada una de nuestras acciones!

¡Si tuviéramos una fe tan grande como para hacer de este amor que recibimos, la mayor riqueza que podemos poseer, el mayor regalo que podemos compartir con los otros!

 Pero muchas veces, más de las que quisiéramos, somos ciegos para ver aquello que está muy cerca de nosotros; lo que nos toca directamente y da a nuestra vida su verdadero sentido. Somos sordos para escuchar y entender las palabras de amor que Dios pronuncia cada día, como un susurro, en nuestros oídos; duros de corazón para sentir y valorar adecuadamente, sus atenciones y delicadezas, sus caricias y su ternura. Somos cortos de inteligencia, para descubrir su bondad infinita presente y palpitante en el acontecer incansable de cada día.

 El amor de Dios es: luz que nos guía en nuestro caminar de cada día; fuerza que nos anima a enfrentar con valentía y decisión las dificultades que nunca faltan; fuente inagotable de gozo y esperanza, de paz  y de armonía interior.

 El amor de Dios es: certeza plena de que la vida es maravillosa; garantía segura de que el bien triunfará sobre el mal, aunque a simple vista no lo parezca; convicción profunda de que nuestra existencia se prolongará más allá de la muerte física que un día tendremos que enfrentar.

Conocer este amor de Dios tiene que llenarnos de gozo, de entusiasmo, de valor para vivir.

Conocer este amor de Dios tiene que hacernos personas nuevas cada día, sensibles a las necesidades de los demás, capaces de perdonar toda ofensa, creativos y generosos para ayudar a quien requiere nuestra ayuda, para apoyar a los vacilantes, para proteger a los desprotegidos, para fortalecer a los débiles.

Conocer este amor de Dios tiene que llevarnos a comunicar a otros, esta verdad maravillosa e infinitamente estimulante, que colma nuestra vida entera, y cada uno de los acontecimientos que en ella tienen lugar, alegres y tristes.

 Hagamos un alto en el camino. Pensemos en quiénes somos, lo que ha sido nuestra vida hasta hoy, y tratemos descubrir en ella las caricias de Dios y su amor providente que acude en nuestra ayuda cuando lo requerimos. Nos dará ánimo para seguir adelante, y para buscar cada vez con mayor empeño, corresponder a este amor con el nuestro.

 *****

 En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu… Necesitan nacer de nuevo desde arriba” (Juan 3, 5-6.7b)

Estas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo, hace ya más de 2.000 años, siguen siendo vigentes para nosotros hoy.

Nacimos de nuestros padres, pero tenemos que volver a nacer.

Nacimos a la vida biológica, pero cada día tenemos que nacer de nuevo a la vida espiritual, a la vida de Dios.

Tenemos que renovarnos interiormente cada día.

Tenemos que hacernos personas nuevas, con la novedad de Dios, cada día.

 No se trata de regresar al vientre de nuestras madres.

¡Imposible!

Y tampoco, de cambiar nuestra figura para parecer distintos.

¡Dios no se queda en las apariencias!

Lo sabemos perfectamente.

Se trata de acoger en nuestro corazón al Espíritu Santo que Jesús Resucitado nos envía.

Dejar que el Espíritu de Dios nos invada con su aliento de vida.

Permitirle que nos ilumine con la luz de su gracia.

Hacernos dóciles a sus insinuaciones.

Responder con prontitud a su llamada.

Lo que nace de la carne es carne.

Pero lo que nace de Dios es Dios.

Si permitimos que el Espíritu de Jesús actúe en nosotros, y nos dejamos conducir por él, poco a poco seremos transformados en criaturas nuevas,en personas cada vez más capaces de obrar el bien en las distintas circunstancias de la vida;en hombres y mujeres justos y veraces,hombres y mujeres compasivos y misericordiosos con los demás,hombres y mujeres que saben amar y perdonar. En hombres y mujeres de Dios y para Dios.

 Cuando abrimos nuestro corazón a Dios, y lo acogemos en él, el Espíritu Santo nos invade con su fuerza, y nos capacita para hacer cosas realmente importantes.

Lo único que nos pide es que mantengamos una buena disposición.

Lo demás lo realiza él, con su amor y su gracia, que son totalmente gratuitos, como el amor de una madre y un padre por sus hijos. 

 *****

El Evangelio según san Juan, pone en labios de Jesús una serie de frases sobre sí mismo, que se constituyen para nosotros en una fuente inagotable de reflexión y de oración sobre su persona. Aquí están algunas de ellas. Te invito para que las leas y te dejes penetrar por ellas.

Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”. (Juan 6, 34)

No importa quiénes seamos, ni cómo seamos.

No importa los bienes que tengamos, ni el lugar que ocupemos en la sociedad.

Lo único que importa es que Jesús sea parte integrante de nuestra vida.

Que lo coloquemos en el centro de nuestra cotidianidad.

Que acudamos a él, con total confianza, en todas nuestras necesidades.

Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida”. (Juan 8, 12)

Jesús ilumina la realidad del mundo y nuestra propia realidad, con su presencia constante a nuestro lado.

Cada acontecimiento, cada circunstancia.

Cada cosa que hacemos, cada palabra que decimos.

Cada pensamiento que se cruza por nuestra mente.

Con su luz, brillante y cálida, Jesús da pleno sentido a nuestro ser y a nuestro quehacer.

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento”. (Juan 10, 9)

Con Jesús lo tenemos todo. Sin él no tenemos nada.

Con Jesús lo podemos todo. Sin él no podemos nada.

Él es nuestra fuerza.

Él es nuestro guía.

Él es nuestra seguridad.

Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas”.  (Juan 10,11)

El amor de Jesús por nosotros no tiene comparación con ningún otro amor.

Es un amor capaz hasta de los mayores sacrificios.

Un amor que se entrega, en absoluta donación.

Un amor gratuito y total, sin límites ni condiciones.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer”.   (Juan 15, 5)

Nuestro ser y nuestra vida, crecen y se desarrollan, en la medida en que sabemos permanecer unidos a Jesús.

Unidos vitalmente, es decir, “incrustados” en él.

Sintiendo el palpitar de su corazón en el nuestro.

Dejando correr por nuestras venas su sangre redentora.

Haciendo realidad sus enseñanzas de amor y de perdón.

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.  (Juan 14, 5)

Si queremos llegar a Dios, tenemos que pasar necesariamente por Jesús.

Jesús nos revela la gloria de Dios.

Jesús nos hace presente y actuante su amor misericordioso.

Jesús es el rostro humano del Dios que vive eternamente.

Jesús es Dios mismo que nos ama hasta el extremo.

“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. (Juan 11, 25-26)

Jesús es la promesa cumplida de Dios.

En él están nuestra alegría y nuestra esperanza.

Él es nuestro anhelo de vida y de felicidad eterna.

Él es nuestra paz.                                                             

 *****

“Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo… “. (Juan 20, 21-22)

Espíritu Santo: aliento de Dios, soplo de Dios.

Espíritu Santo: soplo de Jesús resucitado, aliento de Amor, hálito de Vida.

Habita en cada hombre y en cada mujer, que saben acoger con corazón abierto y disponible, la presencia de Dios en su ser y en su quehacer.

Espíritu Santo: luz y fuerza, fuego y calor.

Ilumina la mente, fortalece la voluntad, purifica el corazón, comunica el calor del amor.

Todos lo recibimos en el Bautismo y en la Confirmación.

Vive en nosotros, pero no siempre lo dejamos actuar.

El Espíritu Santo enriquece nuestra existencia de una manera que no somos capaces siquiera de imaginar.

Nos enseña a poner a Dios, no en el primer lugar, sino en el centro de nuestra vida, de donde todo sale y a donde todo vuelve.

El Espíritu Santo es el espíritu de la Verdad.

Nos ayuda a “comprender” la verdad de Dios, en la medida en que los seres humanos podemos hacerlo, que es siempre limitada.

Nos comunica la fe para que podamos creer y defender lo que creemos con valentía.

Nos ayuda a derrotar nuestros miedos y a superar nuestras dudas.

Nos da la fuerza que necesitamos para hacer realidad lo que creemos, en nuestras acciones de cada día.

El Espíritu Santo es el Amor mismo de Dios, en nuestro corazón.

Nos enseña a amar de verdad; a perdonar y a pedir perdón; a buscar el bien en todo lo que pensamos, hacemos y decimos.

Nos muestra el camino por donde debemos transitar, y los recodos que debemos evitar.

Nos conduce por sendas de justicia, de libertad y de paz.

Nos hace hermanos los unos de los otros, compañeros de viaje, herederos de las  promesas de Dios.

Somos discípulos de Jesús, por el don del Espíritu Santo.

Y también por él, somos sus misioneros.

Su gracia nos motiva para llevar el mensaje de Jesús a otros corazones.

Su fuerza nos capacita para no dejarnos vencer por las situaciones adversas que se nos presentan en la realización de esta tarea, y saber enfrentarlas y superarlas con dinamismo y decisión.

Espíritu Santo, soplo de Dios, aliento de Dios, hálito de Vida, Espíritu de Jesús Resucitado… ¡Enciéndenos con el fuego de tu Amor que nos hace ser lo que somos, y da a nuestra vida humana y cristiana su más pleno sentido!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: