EN BUSCA DE JESÚS

PARA CONOCER A JESÚS Y ENTRAR EN INTIMIDAD CON ÉL Y CON SU MENSAJE DE SALVACIÓN

JESÚS Y LA MUJER DE SAMARÍA

“Llega Jesús a una ciudad de Samaria llamada Sicar… Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?”… Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”… (Leer el pasaje completo en Juan 4, 5-30)

Conocí a Jesús un día de aquellos en los que el sol parece quemar con más fuerza. Estaba cansado y se había sentado en el brocal del pozo que está en las afueras de Sicar, la ciudad donde vivo, porque soy samaritana.

Llegué, como todos los días, a sacar agua para llevar a casa. No sé por qué fui a aquella hora; yo suelo ir siempre más temprano en la mañana, o al atardecer, cuando el sol no es tan fuerte. Tal vez Dios mismo me llevó para que me encontrara con él, porque – hoy puedo decirlo con toda sinceridad -, Jesús cambió mi vida totalmente; le dio un nuevo sentido y un nuevo valor.

Cuando lo vi allí, silencioso, con la mirada perdida en el horizonte y con el rostro sudoroso y cansado, no me compadecí de él; lo digo con toda claridad. Inmediatamente supe que era judío, y ya se sabe que los judíos y los samaritanos estamos separados por muchas cosas. Por eso, cuando me pidió que le diera de beber, antes de hacerlo se lo eché en cara: él era judío y yo samaritana, ¿qué estaba haciendo allí, en un territorio que no era el suyo, hablándome a mí y pidiéndome ayuda?… Era muy extraño ver un judío por aquellos lugares y mucho más en aquella situación.

Su respuesta a mi pregunta me desconcertó bastante. A pesar de que me estaba pidiendo agua, me habló de un “agua viva” que él tenía, y también del don de Dios que significaba que él estuviera allí, hablando conmigo.

Confieso que sus palabras me dieron risa y rabia a la vez. ¿Quién se creía que era? Pero su mirada era tan limpia, sus gestos tan sencillos y pausados, su hablar tan seguro, y su actitud tan serena, que me quedé escuchándolo sin interrumpirlo, y hasta le pedí que me diera de “su agua” para calmar mi sed física definitivamente, sin necesidad de volver a aquel lugar tan lejano, para conseguir agua fresca; me disgustaba sobremanera tener que encontrarme allí con las mujeres del pueblo y sus constantes desprecios.

Evidentemente no había entendido nada de lo que Jesús estaba diciendo. Sólo lo comprendo ahora que el tiempo ha pasado y he podido reflexionar sobre aquella conversación y sobre muchas otras cosas que después supe de él, y que hoy llenan mi corazón.

Pero lo que vino luego fue lo que más me sorprendió. ¡No podía creerlo!Jesús me habló de mi vida, de mis cinco maridos de antes, y de mi amante de entonces, como si ya me conociera; pero en lugar de hacerlo como lo hacían otros, lo hizo con respeto, hasta con cariño, podría decir, como si me comprendiera, incluso más que yo misma; sin reproches. Y esta fue la prueba definitiva para mí. Aquel hombre era sin duda un profeta, un hombre de Dios; un profeta judío, pero profeta al fin y al cabo.

Continuó hablándome como si yo fuera una persona muy importante para él. Le hice algunas preguntas y me las respondió con verdadera sabiduría. Hasta me atreví a preguntarle por el Mesías, el Enviado de Dios, tan esperado por todos los israelitas, incluyéndonos a nosotros, los samaritanos. ¿Y saben qué? Me dijo sin vacilaciones pero sencillamente, con humildad: “Yo soy, el que te está hablando” .

Cuando escuché su respuesta quedé sobrecogida, abismada. Era algo totalmente inusitado. Estar yo allí, hablando con el Enviado de Yahvé… ¡Imposible!… ¿Por qué yo?… Pero no tuve tiempo de decir nada más. Llegaron sus discípulos que habían ido a otro pueblo a comprar comida, y se sorprendieron de ver a su maestro conversando conmigo. En aquel tiempo se veía muy mal que un hombre hablara con una mujer en un lugar público, mucho más si esa mujer era samaritana, y peor aún si el tema de conversación era religioso, un tema “propio de hombres”, según se decía.

Entonces aproveché el barullo que se formó, y corrí al pueblo para contarles a todos lo que me había sucedido, y para que fueran a buscar a Jesús, y a escucharlo. Una noticia como esta no puede dejarse guardada, hay que darla a conocer, hay que comunicarla a todos los que sea posible.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día y no he podido olvidarlo. Mi encuentro con Jesús marcó definitivamente mi vida y dejó en ella una huella imborrable. Desde entonces soy una persona distinta; él me cambió, sin duda, y espero que haya sido para siempre.

Muy pronto comprendí que sus palabras eran palabras nuevas; decían más de lo que a simple vista parecía que dijeran; calaban hondo en el corazón; abrían caminos; sugerían… Por eso las recuerdo con tanta claridad; por eso siguen enseñándome tantas cosas; por eso todavía hacen latir mi corazón con más fuerza de lo acostumbrado.

A veces pienso que Jesús se quedó aquel día en el brocal del pozo, sólo para encontrarse conmigo; para ponerme conversación y penetrar en mi vida, en mi intimidad, y desde allí, desde mi pequeñez, transformarme, haciéndome consciente de lo que había sido hasta entonces, y lo que podía llegar a ser si lo escuchaba a él y me dejaba guiar por sus palabras. ¡Y lo consiguió!

Ahora no me canso de pensar en Jesús. Todo lo demás quedó en el pasado. Mi presente es él, y sólo él y sus enseñanzas de amor, de perdón, de verdad, de esperanza. Sus enseñanzas que trato de hacer realidad en mi vida de cada día con corazón humilde y sencillo.

Sí, Jesús cambió mi vida. La cambió totalmente. La llenó de confianza, de paz, de amor verdadero. Soy una mujer totalmente renovada, una mujer que ya no tiene miedo de ser mujer; una mujer que es capaz de muchas cosas, porque ha bebido del “agua viva” que Jesús le ofreció, y ahora tiene “vida en abundancia”, y la única sed que padece es una sed que no incomoda, sino que llena el corazón de gozo y entusiasmo, de luz y fortaleza para seguir viviendo, para seguir luchando.

Jesús cambió mi vida; la cambió para siempre.

Jesús cambió mi vida y dio sentido pleno a mi fe.

PARA PENSAR:

  • ¿Ya tuviste tu encuentro personal con Jesús, o tu relación con él es simplemente protocolaria?…

  • ¿Estás buscando ese encuentro, o huyes de él?… ¿Por qué?…

  • ¿Qué significa realmente Jesús en tu vida?…

 

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