EN BUSCA DE JESÚS

PARA CONOCER A JESÚS Y ENTRAR EN INTIMIDAD CON ÉL Y CON SU MENSAJE DE SALVACIÓN

CONCIENCIA DE DIOS

 

 Seguramente te has preguntado muchas veces, si Jesús sabía, si tenía conciencia, de que era el Hijo de Dios, y también de la misión que le había sido encomendada por su Padre. Es una pregunta que a todos nos ha pasado alguna vez por la cabeza.

La respuesta nos la da el Evangelio de San Lucas, en el relato de lo que sucedió cuando01 Jesús tenía 12 años y fue con María y José a Jerusalén, para la celebración de la fiesta de Pascua. (Lucas 2, 41-50)

Las palabras de Jesús a su madre, cuando ella le reclamó por haberse quedado en el Templo sin decirles nada, ni a ella ni a José, nos lo demuestran:  “¿Por qué me buscaban?… ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lucas 2, 49). Ese “padre” a quien Jesús se refiere es evidentemente Dios mismo y no José.

Sin embargo, podemos afirmar, apoyados en el versículo que remata la narración: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2, 52), que esta conciencia que tenía Jesús sobre su divinidad, no se dio de una vez, sino que fue progresiva, es decir, que fue surgiendo en él y profundizándose, a medida que Jesús crecía y se desarrollaba como ser humano integral, y también gracias a su oración constante.

En el Evangelio según san Juan podemos constatar que ya en su vida pública, Jesús se acepta muy claramente como el Enviado de Dios el esperado de los tiempos; en su despedida de los apóstoles les dijo con claridad: “La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 16, 24).

Y también se reconoce como su Hijo muy querido, su amado, su predilecto: “Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman “nuestro Dios” (Juan 8, 54).

88Más aún. Jesús ve una clara diferencia entre la manera de ser él, Hijo de Dios, y la manera en que lo son sus discípulos y todas las demás personas; por eso se atreve a llamarlo “mi Padre”: “Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna”  (Juan 6, 40).

Hasta llegó a afirmar en varias ocasiones: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Juan 10, 30), para mostrar la relación de intimidad que tiene con él, su “procedencia” de él.

Fue precisamente por todo esto, que los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno, promovieron un juicio en su contra, lo condenaron como blasfemo, y decretaron para él la pena de muerte, que luego ratificaron por medio de Pilatos, porque ellos no tenían potestad  para condenar a muerte a nadie (cf. Juan 18, 31).

Sin embargo, es también muy claro a todo lo largo de los cuatro evangelios, que esta conciencia que Jesús tenía de ser el Enviado de Dios y también su Hijo, no lo llevó en ningún momento, a hacer sentir a los demás su superioridad y su poder, y mucho menos a  actuar con vanidad o con soberbia.

Jesús se distinguió siempre por su sencillez, por su humildad, por su capacidad de servicio. Trató a todas las personas con gran respeto y consideración, pero de una manera especial a quienes eran los más pobres y débiles de la sociedad de entonces: los niños, las mujeres, los enfermos y los pecadores. Decía a quienes lo escuchaban: “Hagan como el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida como rescate por muchos” (Mateo 20, 28).

Todo esto es muy especial, porque nos muestra que aunque cuando hablamos de Dios siempre le adjudicamos calificativos como “omnipotente” – que todo lo puede -, “omnisciente” – que todo lo sabe -, “omnipresente”- que está en todas partes -, y otros semejantes, las actitudes de Jesús nos manifiestan que  Dios, nuestro Dios, el Dios que Jesús vino a revelarnos, a hacernos presente, es ante todo un Dios de amor, un Dios sencillo, un Dios compasivo, un Dios que se pone a nuestro alcance, un Dios que se hace nuestro servidor.

Christ%20-%20Samaritan%20Woman%20at%20Well%202%20-%20LivingEn Jesús y con él,  el poder y la fuerza son superados por la bondad, la amabilidad, la delicadeza, la ternura; la grandeza y la perfección, por la generosidad, el servicio, la entrega total; la justicia, por la misericordia; el conocimiento intelectual por la sabiduría del corazón.

En Jesús y con él, Dios es Dios a su manera. Una manera que siempre  sorprende, muchas veces desconcierta, pero que sobre todo, encanta y llena nuestro corazón de alegría y esperanza.

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