LA ORACIÓN DE JESÚS

Cuando leemos los evangelios con atención, podemos darnos cuenta de que la oración es un elemento de primera importancia en la vida de Jesús. Todos los acontecimientos centrales de su historia personal van acompañados de ella, así como sus decisiones más trascendentales, y de un modo muy especial su vivir de cada día.

Jesús ora y nos enseña a orar, porque siente en su corazón de creyente, que sólo con la oración y por la oración, en el contacto directo con su Padre que está en los cielos, tanto él como nosotros, podremos conseguir la fuerza que necesitamos para vencer el mal con el bien, y para vivir nuestra vida como Dios quiere que la vivamos.

En el Evangelio de Mateo lo escuchamos de sus propios labios, como una recomendación clave para fortalecer nuestra fe y nuestra práctica cristiana: “Velen y oren para que  no caigan en tentación; porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mateo 26,41) 

CUÁNDO Y CÓMO ORABA JESÚS

Jesús oraba en todos los lugares y en todos los momentos; es lo que podemos deducir de los relatos evangélicos,  aunque no tenemos datos concretos sino de los tres años escasos de su Vida pública. Sin embargo, la intensidad de su oración en estos tres años, nos hace pensar que una realidad tan clara en esta etapa de su vida entre nosotros, tuvo que tener como principio, un crecimiento gradual que se inició en Nazaret, al lado de sus padres, María y de José, y fue profundizándose y expandiéndose, a medida que Jesús “crecía en sabiduría y en gracia”, y tomaba conciencia de sí mismo y conciencia de Dios, a quien amaba y sentía como su verdadero Padre.

Jesús oraba con María y José, como cualquier niño israelita de su edad, y de su entorno social, pero  tuvo una  primera experiencia fuerte de oración personal, a los 12 años, cuando, según el relato de san Lucas, fue con María y José a Jerusalén, a celebrar la Fiesta de Pascua (Lucas 2, 41-50).

Después de ella vinieron seguramente muchas otras, que permanecen en el secreto de la historia; experiencias que lo fueron madurando espiritualmente, hasta llegar el día en que, habiendo tenido noticia de la predicación de Juan el Bautista, Jesús salió a su encuentro, para escucharlo y ser bautizado por él. Allí, mientras estaba en oración, “Se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo que dijo: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado” (Lucas 3, 21-22).

Después, Jesús “llevado por el Espíritu”, se fue al silencio y la soledad del desierto, donde, según nos dicen los tres evangelios sinópticos,  permaneció durante 40 días en ayuno, y donde fue tentado por  Satanás.

Aunque no lo especifican los evangelistas, podemos suponer que este ayuno fue acompañado por la oración, y que fue precisamente ella la que le dio las fuerzas que necesitaba para vencer las tentaciones que pretendían desviarlo de la misión que el Padre le había encomendado, y del modo concreto en el que el Padre deseaba que realizara esta misión.

A partir de este momento, los cuatro evangelios refieren una y otra vez, cómo Jesús se alejaba periódicamente  de los discípulos y “se retiraba a orar”, “subía a la montaña” para entrar en intimidad con su Padre, y “pasaba la noche entera en oración”.  Esto sucedió a lo largo de toda su vida y hasta su muerte, porque aún estando en la cruz, en medio de horribles sufrimientos físicos y espirituales, Jesús fue capaz de elevar su corazón a Dios, para ponerse definitivamente en sus manos de Padre.

Una tecera experiencia singular de oración, la tuvo Jesús en el episodio de la Transfiguración,   en la que estuvieron como  testigos Pedro, Santiago y Juan, y que fue para ellos una prueba directa de su gloria. San Lucas nos narra este acontecimiento de la vida de Jesús, con gran precisión de detalles:

“Y ocurrió que mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en su gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén… Se formó una nube y los cubrió con su sombra… Y vino una voz desde la nube, que decía: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo” (Lucas 9, 28-36)

También Pedro, Santiago y Juan, fueron testigos excepcionales de la Oración de Jesús en Getsemaní, que marca el comienzo de su Pasión, y que nos hace palpable su perfecta humanidad, sumida en el dolor y la angustia, y también el poder sanador y fortalecedor que el contacto con Dios Padre tenía para él.

cg171En la Última Cena, Jesús hizo una larga oración a Dios Padre, que san Juan llama La Oración Sacerdotal. En ella, Jesús manifiesta la disposición de su corazón en esta hora difícil de su vida, en la que va a consumar su su entrega a la voluntad del Padre, en el sacrificio de la cruz que ya se le anuncia, por los acontecimientos que están ocurriendo a su alrededor. Es una bellísima oración que podemos encontrar en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan.

Y, finalmente, Jesús murió como vivió: sumergido en Dios, en constante y profunda comunicación con Él. En oración permanente, humilde y confiada: invocando a su Padre que lo había enviado al mundo con una misión que ya había cumplido a cabalidad; pidiendo perdón por sus enemigos; fortaleciendo la fe de Dimas, el discípulo de la última hora; entregándonos a María como Madre, e  invitándonos a seguirle con fidelidad.

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